#3

Sólo una vez vi llorar a un punki.

Fue tras el entierro de un tipo, al que no conocí en vida, al que una sobredosis deshizo, como un soplido deshace un diente de león.

Estábamos allí, junto al nicho, rindiéndole homenaje a lo que un día fue aquel hombre. Era una tarde de septiembre, ligera y cálida. Todos estaban afectados y mi expresión era grave. Nadie quiere la luz de tu sonrisa en la casa de los tristes. Pero yo no lo sentía realmente. Lo veía todo con el distanciamiento de quien no conoce a la víctima.

Estábamos allí, rulando unos litros de cerveza de mano en mano. Ellos hablaban de aquella vez y aquella otra. Declamaban que no merecía morir. Que otros lo merecían mucho más. Que se van los mejores y ese tipo de cosas.

De pronto, aquel chaval de cresta y pelo teñido se levantó y lanzó el litro caliente tan lejos como pudo, haciendo crash sobre el camino de cemento, reduciéndolo todo a silencio y esquirlas de cristal. Trozos de dolor repartidos por el camposanto. Gimió un poco y dejó salir la presión de sus retinas. Lágrimas. Lágrimas en aquella cara que siempre burlona, que siempre hostil y siempre desapegada. Se le cayó el escudo al suelo, diríamos. Golpeó una farola con sus botas y emprendió el camino de vuelta.

Su dolor me dolió. Ahí sí. No sé por qué, ni tampoco sé por qué escribo esto.

Creo que aquello fue una escena transcendente en mi vida.

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