#5

Trabajo desde hace meses en un almacén. Mi primer empleo fue también en un almacén. De libros. De éste, sin embargo, salen teléfonos de última generación y productos informáticos.

Mis trabajos intermedios entre aquel primer empleo y éste último fueron al frente de varias bibliotecas. Es decir, otro tipo de almacenes. No está mal para alguien que en lugar de cama parece tener una maqueta a escala de los Pirineos con vaqueros y camisetas.

La prueba más evidente de mi trabajo está en mis manos: llenas de cortes, debido al recurrente uso del cúter o a los bordes de las cajas de cartón que con las manos frías parecen rasgar la piel como un cuchillo la mantequilla. Son manos de obrero, de uñas astilladas, huesudas, de punta mollosa. Alguna dijo alguna vez que adoraba mis manos. Son manos de escritor. A veces pienso que me vienen grandes. Son morenas y lampiñas. Bastante diestras para algunas cosas y rematadamente torpes para otras.

Últimamente, las uso para teclear un par de historias. Tengo dos empezadas. Dos historias que tenía pendientes. Una es la novela. He estado extrayendo los conflictos de cada personaje. Los sueños y los pecados, como nos insistiera Juan Madrid en aquel par de clases magistrales. La otra no sé en qué acabará. Siempre estoy escribiendo cosas que tengo pendientes. Por eso escribo este diario. Por salirme un poco de la carretera a echar un cigarro y una meada. Soltar tensión acumulada en el susodicho almacén por medio de este saco de arena. ¡Golpea, Maikel, golpea! Sólo cuando uno se siente relajado puede comportarse de manera natural.

¡Umpf, umpf! ¡Paf, paf!

Tengo ganas de soltar un par de ostias, esa es la verdad. Vivir agota. Llegar a un entendimiento con personas muy diferentes supone un sobreesfuerzo de energía. Pero, dame la oportunidad de convertir la agresividad en un subproducto literario. Ese tipo de golpes saben a gloria. Y quedan para el recuerdo, cuando tiempo después retomas lo escrito y dices: “En ese momento estuve jodido”. Pero luego te ríes, porque aprendiste algo. Aprendiste otra nueva lección de la trama vital. Si no te ríes al recordarlo, es probable que no aprendieras nada.

Es sábado. Por la tarde. Debería reorganizar el caos. Debería afeitarme y ducharme. Debería hacer muchas cosas. Pero estoy aquí, descargando libros de autores muertos: Cortázar, Burroughs, Pizarnik… y la ópera prima de una escritora paraguaya que si no descargo tal vez nunca llegue a mis manos.

Así es la vida, en ocasiones euforia tonta y en otras una hijoputada.

Esta mañana, al pasar la aspiradora, absorbí sin pretenderlo el chivato donde guardaba mi último cogollo. Por eso estoy aquí, ahora, escribiendo esto.

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