#7

Reflexionando sobre mi nombre…

Cada vez que me preguntan que por qué me llamo así, que si es o no es mi nombre real, que si es un diminutivo, les acabo contando la historia de que ese nombre lo eligió mi padre y que fue en homenaje a un famoso guitarrista. Ni siquiera sé si es verdad o una tremenda trola. Es la historia que me contaron y es la que quiero creer. Es una buena historia. Contarla entre Juanes, Pepes y Pacos me hace poderoso. Me perfila como persona. Cuenta una parte de mí que permanece en las sombras. Es parte de ese pasado que no es tu pasado.

Y pensando… A veces me planteo “cuál fue el momento”. Es decir, en qué momento el hombre pensó ¿por qué no una pirámide? O en qué momento pensó en navegar. O en qué momento dijo ¡Fuego! O en qué momento el rico y el pobre. En qué momento el sol es un astro. En qué momento el libro. En qué momento la poesía. En qué momento oye, fúmate esto y habla con los dioses.

Hoy la duda es: En qué momento se decidió que cada persona debía tener un nombre. Y mi conclusión es (una conclusión a la que he llegado sin darle muchas vueltas hace cinco minutos) que un nombre da poder. Un nombre dignifica. Convierte algo común en algo específico, lleno de esperanzas y futuro. Supongo que fue el momento en que los hombres dejaron de llamarse “hermanos”. El momento en que decidieron que la Naturaleza era una cosa y ellos otra.

Acabo de salir del curro. Es miércoles y hasta el lunes no regreso al tajo. Fiestas religiosas. Hoy no creo que toque la novela. Está ahí, mirándome con sus ojos de icono abandonado en el escritorio. Pero voy a hacer un esfuerzo y a recoger mi otro escritorio, el de verdad, el que es un bodegón de ceniza, monedas sueltas y vasos de café vaciós. Después me voy a celebrar que luce el sol en todo lo alto. Ya resucitaré un día de estos.

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