#8

Da igual. Te vean llorar o sonreír, nadie sabe de tus miedos. No porque no los conozcan, sino porque no prestan atención.

Uno puede sentirse satisfecho porque nuestros pequeños miedos, si bien nos impiden ir hasta donde nos llevaría el instinto, puestos en fila de uno en uno tampoco son para tanto. Somos humanos, joder, es normal reír, llorar, ganar, caer, embriagarse… Pero, sigo queriendo saber cómo sería mi vida si… Si careciera de un filtro de miedos y me lanzara a hacer todo lo que me dictara el hemisferio derecho sin pararme en el borde del precipicio a pensar en las consecuencias. Mucho viento por aquí.

En el curro hay cámaras por todos lados. Y yo nunca quise salir en la tele. Soy del tipo de persona tranquilo. Me gusta una buena juerga, como a todo el mundo, pero con la gente de confianza y sin cámaras. A veces, pienso que las camaras huelen tu miedo: al rechazo, al fracaso, al despido. Y luego pienso qué estupidez, dios. Si lo piensas bien los temores se disuelven como azucarillos en el café. Si lo piensas bien, digo. Si lo piensas mal y lo vuelves a pensar y lo repiensas, los temores engordan como tu pareja en navidad. Pero, ¿sabes? Quizá no vivas más de setenta y ocho años. O quizá palmes mañana. Sí, ya sé, el típico recurso del memento mori para carpe diem. Somos todos iguales. Sólo que algunos nos damos cuenta y otros se pasan la vida preocupándose. Mi primer casero en Chile me dijo: Hay dos clases de personas. Los que se preocupan y los que se ocupan. Tú eres de los segundos. Y no me había dado cuenta hasta entonces, porque eso no es lo que aprendí.

La novela… ¿Te das cuenta? Creo que ya tengo suficientes páginas para dejar de hablar de proyecto de novela y pasar a hablar de novela a secas. Llevo tres días escribiendo a buen ritmo y unos textos que me han dejado bastante satisfecho. Las historias son como madejas de lana. Así en grueso no ves el hilo, pero según comienzas a tirar de él… todo sale. Las palabras salen. Los hechos y los significados implícitos. Parece que saliera todo de debajo de alguna losa del suelo de mi mente, pero sale.

Así que, querido diario, felicítame.

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