Estoy intentando escribir una novela. O al menos, quiero convencerme de ello. Me encierro en casa en tardes como ésta (tardes soleadas de invierno en las que podría estar recargando mis reservas de serotonina). Me encierro aprovechando que Lucía está de exámenes y me obligo a escribir algunas buenas líneas y cuando parece que he tomado altitud, que la cosa va sola… Algo falla. Esa última palabra. Esa última frase. O todo el maldito párrafo. A la mierda.

Como quien le cambia el aceite al coche, a veces releo textos de mis viejos conocidos. Es un ejercicio de masoquismo, la mayoría de las veces. Porque siempre escojo lo mejor que han escrito. A uno le gusta escuchar buena música, ¿no? Leer a Sara Bruniff, por ejemplo, es como tenerla delante. Enérgica, sensual y afilada. Es como el impacto de una ola fresca en verano. Y como si al relamerte los restos de espuma de los labios, comprobaras que fue una ola de gin tonic lo que te pasó por encima. Algo así. Leo a Sara y estudio sus movimientos. ¿Por qué me río al leer esto? ¿Dónde está el quid de este contraste? ¿Dónde acaba y empieza el juego de palabras? ¿Cómo sabe moverse a este ritmo? Es una cabrona. La odio. La amo. Al menos lo que escribe. No sé si aún lo sigue haciendo.

La novela forma parte de esa lista borrosa de propósitos de año nuevo. Algo me vino a la mente rumiando el mosto de las últimas campanadas.

Creo que no voy a dejar el tabaco. Al menos por ahora. Me odiaré por ello todo el año. Mis arterias bombearán resentidas. Lo superaré.

Voy a tratar de ser más coherente. Que pensamientos, actos y palabras vayan de la mano. Eso ya es mucho.

Trabajar la sociabilidad. Un punto a favor de cualquier escritor, semi autistas todos.

Tengo que reírme más, aunque con menos efusividad. Este año cumpliré los treinta y habrá que ir pensando en ahorrar en arrugas. [Inciso: El otro día me enteré de que a los japoneses les enseñan desde críos a no gesticular ni hacer muecas porque lo consideran de mala educación. Así que no es que no entiendan los chistes…].

Menos café. Tengo que dejar de ametrallar mi sistema nervioso.

Sexo de mejor calidad. Bueno, esto es más un deseo que un propósito. Si el sexo libera endorfinas, el buen sexo te deja una cara de pánfilo que no se te borra en tres días. Ésa es la cara que quiero verme en el espejo.

Objetivos. Necesito objetivos. Los objetivos son importantes. Nos distinguen de los insectos. Si no quieres acabar como un escarabajo pelotero has de tener un objetivo. Los escarabajos peloteros reaccionan. Alguien con un objetivo, actúa.

Tengo el karma hecho un asco. Y de Feng-shui mejor ni hablemos. No con todos estos vasos repartidos por el escritorio. No con el cenicero colmado de ceniza, lleno de colillas y pavas, que parecen aviones estrellados.

Así no se puede escribir una novela.

 

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